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PROLOGO

Actualizado: 1 dic 2022




PROLOGO: Agosto del 2022.



Hoy ya me puedo sentar, con el paso de los años y la mente clara, a escribir todo lo que aconteció en aquel verano y años sucesivos.


Todavía pienso que no ocurrió, pero las marcas y cicatrices por mi cuerpo son el tétrico recuerdo de la realidad, ahora el recuerdo es nítido. No me puedo creer que esté haciendo esto, escribiéndolo y dejando constancia cual advertencia a un futuro que no quiero que suceda; ese maldito verano.

Cada poro de mi piel reza porque no hubiera pasado o que tan sólo hubiera sido la imaginación de un niño y sus miedos a los monstruos de armario.


No se realmente por dónde empezar, pero sí lo que me motivó y lo que hizo que recordara casi todo. Creo que lo mejor será empezar por mi, aunque eso no creo que tenga mucha relevancia. Me llamo Daniel Malatesta, soy el menor de tres hermanos. Viví durante mucho tiempo a caballo entre Roma y Francia básicamente. Papá era diplomático y también ejercía cómo comisionado de arte o eso pensábamos y con él nos trasladábamos de destino en destino toda la familia.

Todavía recuerdo aquellas largas estancias en el chateau de nuestros abuelos en Meudon, rodeado de viñedos. Nuestros padres nos dejaban con los abuelos aquellos meses de verano, a veces incluso hoy en día cuando cierro los ojos, me llega el olor de la vendimia, ese olor a tierra. Aunque no todos los recuerdos fueron agradables, sobre todo ese ultimo verano cuando ardió el Chateau. Casi no recordaba mucho más de aquello y para ser sincero, mucho menos de ese último año.


El resto de la historia hasta hace seis años fue más cotidiana, entre las mudanzas por el trabajo de papá desde Pensilvania, Tokio, Zúrich y que al final nos llevó a instalarnos como penúltimo país de destino México, dónde terminé mis estudios y ya casi por último, mi paso por la universidad de periodismo, (tampoco tengo muy claro ese periodo, aparte de los grandes amigos, el aprender a jugar al poker y el título universitario).

Ese último año de universidad fue un tanto agridulce, conocí a Sophie y también fue el último año que vi a mi padre con vida. Todavía estoy esperando que se hubiera despedido si tenía que irse, sé que a veces mi padre tenía esa rara costumbre, de desaparecer y mamá nunca le preguntaba, tan sólo se alegraba cuando volvía, nunca llegué a entenderlo del todo. Pero aquella vez, ni tan siquiera hubo un triste adiós por su parte, tan sólo el vacío de su ausencia. Es muy probable que el perder los padres a la vez, la madre de Sophie murió ese año, nos hiciera casi inseparables hasta hoy.


A partir de ese momento parece que el tiempo aceleró de repente. No sé si es sólo a mi o le pasa a resto de los mortales, pero a partir de cierta edad el tiempo vuela o los días se acortan, o tal vez, sea la felicidad perdida de esos días de la versión “beta” de la vida, ese momento antes de que las responsabilidades nos apaguen un poco la alegría y nos veamos absorbidos por esa vorágine caótica de la monotonía de una vida de adultos. Cuánta razón tenías “MOMO”. Malditos hombres grises…

Después de muchas vueltas en busca de mi sitio en la vida, termine en la redacción de una revista de varietés en ciudad de México. Más bien me metió mi adorable Sophie cómo IBM de la redacción, ya sabéis “y venme” a hacer esto “y venme” a hacer aquello vaya lo que se conoce vulgarmente cómo machaca. Tras unos cuantos meses de IBM conseguí mi primer artículo serio, lo que me llevó a poder escribir en la revista casi de cualquier tema, desde crítica culinaria hasta sucesos paranormales. Así me convertí en periodista freelance de “Reforma”.


Lo que todo el mundo desea vaya, una vida tranquila, plena y sin apenas sobresaltos.


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