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Adelanto de Las Puertas del Averno

Las

Puertas Del Averno.

(Y Se Abrieron…)


Prólogo:

Agosto, dos del dos mil veintidós.

Hoy ya me puedo sentar, con el paso de los años y la mente clara, a escribir todo lo que pasó en aquel verano y años sucesivos.

Todavía pienso que no pasó, pero las marcas y cicatrices por mi cuerpo son el tétrico recuerdo de la realidad. Ahora el recuerdo es nítido. No me puedo creer que esté haciendo esto, escribiéndolo y dejando constancia cual advertencia a un futuro que no quiero que pase… ¡Ese maldito verano!

Cada poro de mi piel reza porque no hubiera pasado o porque tan sólo hubiera sido la imaginación de un niño y sus miedos a los monstruos de armario.

No sé realmente por dónde empezar, pero sí lo que me motivó y lo que hizo que recordara casi todo. Supongo que lo mejor será empezar por mí, aunque eso no creo que tenga mucha

relevancia.

Me llamo Daniel Malatesta, soy el menor de tres hermanos. Viví durante mucho tiempo a caballo entre Roma y Francia básicamente. Papá era diplomático y también ejercía como comisionado de arte, o eso pensábamos y con él nos trasladábamos de destino en destino toda la familia.

Todavía recuerdo aquellas largas estancias en el château de nuestros abuelos cerca de Sorgues, rodeado de viñedos.

Nuestros padres nos dejaban con los abuelos aquellos meses de verano, a veces incluso hoy en día cuando cierro los ojos, me llega el olor de la vendimia, ese olor a tierra. Aunque no todos los recuerdos fueron agradables, sobre todo ese último verano cuando ardió el Château. Casi no recordaba mucho más de aquello y para ser sincero, mucho menos de ese último año.

El resto de la historia hasta hace seis años fue más cotidiana, entre las mudanzas por el trabajo de papá desde Pensilvania a Zúrich y que al final nos llevó a instalarnos como penúltimo país de destino México, dónde terminé mis estudios y ya, casi por último, mi paso por la facultad de Periodismo, (tampoco tengo muy claro ese periodo, aparte de los grandes amigos, el aprender a jugar al póker y el título universitario).

Ese postremo año de universidad fue un tanto agridulce, conocí a Sophie y también fue el último año que vi a mi padre con vida. Todavía estoy esperando que se hubiera despedido si tenía que irse, sé que a veces mi padre tenía esa rara costumbre de desaparecer y mamá nunca le preguntaba, tan sólo se alegraba cuando volvía. Nunca llegué a entenderlo del todo.

Pero aquella vez, ni tan siquiera hubo un triste adiós por su parte, solamente el vacío de su ausencia. Es muy probable que el perder los padres a la vez, la madre de Sophie murió ese mismo año, nos hiciera casi inseparables hasta el día de hoy.

A partir de ese momento, parece que el tiempo se aceleró de repente. No sé si es sólo a mí o le pasa a resto de los mortales, pero a partir de cierta edad el tiempo vuela o los días se acortan, o tal vez, sea la felicidad perdida de esos días de la versión “beta” de la vida, ese momento antes de que las responsabilidades nos apaguen un poco la alegría y nos veamos

absorbidos por esa vorágine caótica de la monotonía de una vida de adultos.

Cuánta razón tenías “MOMO”. Malditos hombres grises…


Después de muchas vueltas en busca de mi sitio en la vida, terminé en la redacción de una revista de varietés en ciudad de México. Más bien me metió mi adorable Sophie como IBM de la redacción, ya sabéis, “y venme” a hacer esto, “y venme” a hacer aquello, vaya, lo que se conoce vulgarmente como machaca. Tras unos cuantos meses de IBM conseguí mi primer artículo serio, lo que me llevó a poder escribir en la revista casi de cualquier tema, desde crítica culinaria hasta sucesos paranormales. Así me convertí en periodista freelance

multiuso de “Reforma”.

Lo que todo el mundo desea, vaya, una vida tranquila, plena y sin apenas sobresaltos.

Así que intentaré escribir de una forma continua todos los sucesos que pasaron, siempre y cuando me dejen hacerlo las situaciones de la vida. He de decir a mi favor que todos los ratos libres los dedicaré a transmitiros esta historia.

Agosto, quince del dos mil veintidós.


CAPÍTULO I.

(El Reencuentro, Junio, Tres del dos mil diez y seis.)


Al final, terminamos invitados por la redacción de la revista para ver la inauguración sobre una de las dos mejores exposiciones en el mundo acerca de Rodin. Esta vez en el museo

Soumaya. Había muchas obras nuevas jamás vistas, sobre todo, la joya de la corona. Una colosal pieza de más de 6 metros de altura de bronce, traída desde Francia y que se quedaría en el museo de la familia Slim para disfrute de los capitalinos: “Las puertas del infierno”, la última de las ocho puertas fundidas en una sola pieza repartidas por todo el mundo.

Estaba disfrutando como nunca, era un niño con zapatos nuevos entrevistando a esas “celebrities” que ni en sueños hubiera tenido al alcance de mi grabadora. Me encontraba tan

absorto entre las obras únicas que se exhibían con todo ese poder y belleza que les daba Rodin a sus esculturas haciéndolas cobrar vida y las personalidades que ahí se encontraban, que hasta me perdí cuando descubrieron la cortina que tapaba la pieza principal de la exposición. Estaba entrevistando a Claudette Cavin, que había venido del museo Rodin de París, ex profeso para la inauguración. Una charla distendida casi familiar, llegué a tener la impresión de haber coincidido con ella antes. Todo iba genial hasta que esa sensación me invadió de nuevo, estremeciéndome.

No la había vuelto a sentir desde aquel verano en casa de mis abuelos. Primero una especie de susurro ininteligible en forma de viento gélido. Un escalofrío que recorrió mi espalda, terminando en mi nuca, erizando todo el vello de mi cuerpo y luego esa quemazón en la cicatriz de mi brazo.

Lentamente empecé a girar la cabeza, mi cuerpo decía que no, pero mi mente de periodista que en tantos líos me ha metido, quería saber lo que estaba pasando. Tenía los pies clavados en el suelo, sin poder moverlos, girando mi cabeza lentamente hasta que crucé la mirada con ella, no podía ser, ella de nuevo otra vez cruzándose en mi vida. Todos los recuerdos de aquel verano estallaron en mi cerebro, me noté empapado en un sudor frio que atenazaba todos mis músculos, cara a cara sin poder evadirme esta vez.

Caí al suelo como si me hubiera golpeado el mismísimo belcebú tras volar unos metros y chocarme contra un pobre camarero…

Y esta vez, no fue mi torpeza natural. Quedé inconsciente entre un mar de champagne y montañas de canapés. Eso es lo que vagamente recuerdo.

Al despertarme, lo primero que vi fueron esas estrellas que tiene por ojos mi Sophie, mirándome fijamente y una gran sonrisa en su boca al mismo tiempo que decía entre dientes:

“Menudo susto nos has dado capullo”, dándome un pequeño pellizco de monja en el antebrazo, todo lo que tenía de bajita lo condensaba en un genio explosivo que a mí me llevaba por el camino de la amargura.

“¡Si es que no te puedo sacar a ningún sitio Dani!” Siempre sacaba ese humor sarcástico cuando se ponía nerviosa, así que muy gorda la tuve que liar.


No me acordaba de nada de lo que había pasado hacía un rato en el museo y me sobresalté bastante cuando me di cuenta que estaba en una habitación de hospital, en serio, muy gorda la tuve que armar. Me empezó a contar Sophie que debí de tropezar contra un camarero y después terminar contra la mesa de los entremeses, en definitiva, esta vez ganó la mesa. Lo más preocupante, seguía contándome Sophie, es que no despertara del golpe y, aunque me hicieron todas las pruebas posibles, no había motivo alguno para que no hubiera despertado en tanto tiempo y tampoco para las convulsiones y temperatura elevada.


¿Tanto tiempo? No recordaba nada de nada. Lo primero que se me pasó por mi mente fue preguntar por la fecha, mis pulsaciones estaban desquiciadas hasta que solté la pregunta en

un casi suspiro atenazado por la respuesta; pero…


“¿A qué día estamos?”

“Nueve”, dijo Sophie con voz calmada.

“¿Seis días inconsciente?”

“De Julio Dani, nueve de Julio,” replicó.


No sé si fue de la impresión o tal vez es que me incorporé demasiado rápido de la cama, pero esa sensación de mi cerebro queriéndose escapar de la cabeza volvió a mí, pensé que me iba a estallar mientras palpitaba. Pues sí que la había liado esta vez.

Tardaron un par de días más en darme el alta definitiva del

hospital Español. Gracias a Dios el ingeniero Slim y la fundación corrieron con todos los gastos, hasta me enviaron una caja de bombones, que educadamente, se zampó Sophie.

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